TRADICIONES ORALES

Por: Juan de Dios Maya Ávila

Plaza de San Fernando. Colonia Guerrero. Ay, San Fernando luminoso y pútrido. Cuentos y cuentas te he dedicado. Pero ni modo, siempre que he de conjurar lo oscuro de la vieja Tenochtitlán, has de salir por delante. Aunque esta vez no termine mi historia en tus lindes, sino en la plaza de Balderas, célebre por el desangre en ella vertida durante la Decena trágica, y que apenas se distancia de ti por unos cientos de metros al sur de la antigua demarcación. 

A San Fernando voy desde muy niño. Mi familia vivió alguna vez sobre Mosqueta y una de mis tías, que era a decir de más, como una segunda madre (q.e.p.d.), fue muy devota de San Judas Tadeo y en las repasadas a San Hipólito, me llevaba luego al barroco templo de San Fernando (hoy cerrado por el sismo del 17) y a su panteón adyacente tan repleto de cadáveres ilustres. Coronábamos siempre con la visita obligada a las librerías de viejo y a la cafetería París (que ya no existe). En fin, no quiero desviarme con esos tiernos recuerdos. De universitario, comencé a visitar por mi cuenta esa plaza tan propicia para las almas pervertidas. Prostitutas viejas, droga y borrachos, era el pan nuestro de cada día. En la verja de la estatua marcial de Vicente Guerrero, unos piedrosillos tenían su puesto de “dulces”. Marihuana, perico, punto. Lo habitual. En la tarde hacían pasarela algunas ancianitas que se vendían por unos pesos, pero conforme el crepúsculo avanzaba, otro tipo de vampiras le caían a la plaza. Mujeres de cabaret, prostitutas de cepa, adolescentes drogadictas que por 100 varos ofrecían un oral, un beso francés, como preámbulo al hotel. Y para ése sí, ya eran 300 pesos más el monto de la habitación. O bien, si no se quería pagar la habitación completa, por 70 pesos le abrían a uno el baño general de hoteles como el Managua.

Para hacer más placentera la estancia en la plaza, los acomedidos padrotes quebraban las lámparas públicas con mayor constancia que la delegación en repararlas. Y aquello era una oscuridad de profundidades esotéricas. Decenas de pequeñas lumbres furtivas manchaban la negrura como luciérnagas infernales, cada una de ellas en correspondencia con una pipeta encendida donde la piedra y la mota se consumían. En las bancas de la plaza las parejitas se acurrucaban: el hombre bajaba su bragueta, la garufa se ponía de rodillas. Tres, cuatro escenas simultáneas. Y los fisgones deleitándonos. Años de lo mismo. Suficientes para ver que a la plaza comenzaron a llegar una nueva clase de vampiras que más bien habían sido comunes en la calzada de Tlalpan, pero que una vez que llegaron a la Guerrero, instalaron de fijo sus reales. Y es que de 100 pesos en que las mujeres ofrecían el oral, “ellas” se bajaron a la peseta y eran más atrevidas y atascadas que las primitivas, se diría que hasta lo disfrutaban. Se trataba, ni más ni menos, que de las travestis o vestidas o malandras con antena: algunas musculosas, de manos grandotas, voz gruesa y manzana de Adán como insignia; pero otras tantas, delgaditas, sabrosotas y hasta más bonitas que las prostitutas femeninas. Pronto se hicieron dueñas de la plaza. Y de muchas plazas y de muchas calles. Y los viejos clientes se habituaron al roído refranero: “psss una boca es una boca”, “hoyo aunque sea de pollo”, “en tiempo de guerra cualquier agujero es trinchera”. Y algunos más confesionales: “yo la neta prefiero una travesti bonita a una vieja fea”. 

Así, las lujuriosas noches de San Fernando trocaron en escandalosas orgías. Ya no sólo se ofrecían orales. En los rincones de la arcada del panteón, en las cercas de arbustos del jardín, era común ver a los tripiés y sus “novios” cogiendo. A veces pasaba una patrulla, a veces arreglaban las lámparas, a veces mataban a alguno o alguna. Pero luego de dos tres semanas, aquello volvía a la normalidad. Al poco tiempo de que comenzara el reinado de las vestidas, empezó cundir en la plaza otro tipo de personajes: homosexuales y heteroflexibles que vinieron a replantear la dinámica de la prostitución masculina en las noches calientes del Districtus defecal. Al principio, las vestidas corrían a golpes a los chavitos gays que merodeaban sus feudos, pero bien pronto se resignaron ante la horda incontenible. Y es que muchos veinteañeros buscaban a sus chacales en la plaza para chuparles el pirulí y ni siquiera cobraban. Un aspecto —si se le quiere ver así— de ese gran movimiento de principios de siglo que los heterosexuales siempre le envidiamos a los gays: su enorme capacidad organizativa para propiciar el sexo casual. “Ya quisiéramos que las mujeres fueran así de entronas y desinhibidas”, decían unos. “Quién sabe”, reviraban otros, los que tenían novia o esposa. ¿Otro ejemplo? Aquella leyenda, prontamente comprobada, del último vagón del metro (la cajita feliz), y que sigue siendo el mejor testimonio de la poderosa energía cachonda de los submundos homosexuales. Ahora, con tantas aplicaciones y facilidades en las redes sociales, pareciera cosa fácil. Pero en aquel tiempo resultó una proeza épica (que hasta los putos épicos griegos envidiarían).

La plaza de San Fernando —como otras tantas de iguales estrechas dimensiones— pronto le quedó chica al “movimiento”. Y entonces comenzó la época de oro de La Alameda. Se corría la voz por todos lados. “¿Ya fuiste a La Alameda? Como a eso de las diez, once, se pone chiro el ambiente”. Realmente era muy parecido a San Fernando pero en superlativo: los callejones mal iluminados, parejitas en las bancas, a veces tríos, a veces cuartetos, y en las fuentes centrales siempre un grupo de travestis vigilando —como enviados de los dioses— que todo funcionara cual el engranaje divino lo mandaba y prostituyéndose ante aquellos insaciables para quienes un chavito les resultaba insuficiente. Bueno, claro que no eran puros chavitos, había también chacales, maduros, ancianos ( de esos respetables que parecen Fernando Soler de día y Sara García de noche), muchos hombres casados (de profundas insatisfacciones) y por supuesto militares, sardos la mayoría, que venían desgranando de tugurios —en marcha marcial— toda la México-Tacuba hasta llegar al centro. Pero un buen día, como muchos de ustedes recordarán, se decidió restaurar el primer cuadro del centro histórico y convertir a La Alameda en una copia bizarra del Central Park, y allí se les acabó el veinte a los alamedistas nocturnos. 

La movida (como diría Clavillazo, sin albur) volvió a las periferias, un tanto desganada y sin alcanzar las multitudes de noctisexívoros que alguna vez tuvo La Alameda, donde, como afirmaba el vulgo, “debajo de cada farola, sudaba una cola”.  San Fernando recibió de nuevo a los exiliados. También otras plazas: Los Ángeles, el Jardín Tabacalera, la Santa Veracruz, El Águila, etcétera, etcétera. Aparte se cocía Garibaldi, donde comenzaron otro tipo de leyendas, las de los tugurios gays, hoy tan comunes, pero en aquel entonces pioneros, como el afamado 14 (Las Adelitas, para lo cuates, por el gran número de sardinas que la habitaban). En fin, que aquellas épocas se terminaron. Todo tiene su final, dice Lavoe. Esas noches calenturas, esos dulces que se vuelven vicio y amargura: nada dura para siempre. Quizá. O quizá no tanto…

De las cenizas renace la lumbre. Nos acabamos nosotros, pero el mundo sigue con máscara distinta.

Hace unas semanas me habló una amiguita. A veces ella me acompañaba a la plaza de San Fernando. Sobre todo cuando en alguna borrachera le platiqué de los espectáculos que ahí se veían cual permanencia voluntaria y sin pagar un quinto. Le gustaba ir conmigo, le calentaba. ¡Vas!, le dije varias veces. Nunca se animó a ser actriz de sus fantasías. Tenía yo años de no verla, a veces nos escribíamos. Me sorprendió su llamada:

  • Oye, ya sabes que hay “movida” en Balderas.
  • ¿“Movida” (era mi clave con ella)?
  • Sí, pueta, yo pensé que ya habías ido a investigar…
  • No, ya sabes que tiene rato que me fui de la ciudad, y cuando regreso casi no voy a las sombras porque me matan las nostalgias.
  • Quiero ir. Dicen que ahora van también mujeres.

Ahhhhh, eso significaba una variante nueva en la ecuación. Pocas veces, casi nunca, las mujeres se animaron a entrarle al anterior escenario.

  • Mmmmmm, se oye bien…¿Y luego?
  • Tengo ganas de caer, pero no quiero llegarle sola. Acompáñame. 

Carajo, los fuegos del infierno, aunque uno los piense dormidos, con poquito se remueven. Y cuando se remueven, traen ardores de juventud de esos que reviven difuntos. 

Balderas, chula plaza, con sus edificios virreinales, antigua fábrica de Tabacos, luego cuartel, luego matadero y hoy centro cultural y biblioteca. Con su Morelotes en el centro y unos cañones grandotes como anunciación fálica. Antes tuvo tianguis de libros y antigüedades que hoy día es remedo de lo que fue. Y por último, podría decir que aquel espacio funciona como imaginario eje de barriadas cada vez más fantasmales y abandonadas a la denigración del tiempo y el desinterés, entre la Colonia Juárez y San Juan de Letrán. Cuando se sucedieron los éxodos sexuales de La Alameda, llegó a Balderas un grupo de sexoservidores que se ofrecían sobre Enrico Martínez a noctámbulos automovilistas, pero nunca algo extraordinario. Por ello dije: ¡Vamos, vamos a ver qué de nuevo tiene la oscuridad para el hambre de mis ojos!

Mi amiga, guapa ella, llegó engalanada con un recortado vestidito azul celeste, muy en la onda de “mira lo que tengo”. Tacones plateados de plataforma. Maquillada con esmero, sombras aquí y allá, rubores (los únicos de la noche), labios de rojo diablo y bañada en ese victoria secret noir que funcionaba para mi príapo como la campana del perrito de Pavlov.

  • Estoy nerviosa, dijo.
  • Es lo más sabroso del asunto, acuérdate. Lo demás es pura ilusión. 

Salimos del metro. Le besé el cuello. La tomé de la mano y comenzamos a caminar. Eran las diez de la noche de un viernes chilango. La hora perfecta (el metro cierra a las doce y muchos de los vampiros se van con el último tren).

  • Se me hace que es de adeveras, oye.
  • Porqué, menso.
  • Huele a los mismos miados de vagabundo, a los mismos humos de piedra y mota que en San Fernando.
  • Nel, ya no es piedra, pinche Juanito, ahora es crico y la mota es como comer sabritas en estos tiempos. No chingues.

Ella tenía razón. Pero de que olía, olía. Y la oscuridad. Y la cosa secreta, mmmm…

Por Enrico entramos a la corrida. Sobre el callejón de la plaza que la separa del centro cultural es donde se hace todo el movimiento, amparado por la vetusta verja de hierro. Topamos con tres grupos, cada unos de entre 15 y veinte personas apiñados en torno a sus respectivos epicentros que eran, a saber, tres vestidas hincadas en el primero, una vestida y un señor afeminado en el segundo y, ¡dos mujeres (cincuentonas) en el tercero! En cada uno de los tres casos, los penitentes (los hincados) recibían cuantas vergas les llegaban a ofrecer, deslechando a destajo una tras otra, una tras otra. Quizá las menos dinámicas eran las mujeres. También se distinguían por ser más selectivas. Vi que rechazaban algunos mugrosos. Los travestis y el señor, no. Todo lo tragaban.

  • Ay, ya vamos, me susurró mi amiga, con las mejillas encendidas y las manos sudorosas.

No acercamos lo suficiente para no perder detalle. Le dije que entrara al grupo de las dos mujeres. Me dijo que no. No se animaba. Los conjurados pasaban frente a nosotros. Nos trataban de quemar con sus miradas. Yo sonreía, mi amiga sudaba. Un travesti se acercó a mí y me pregunto “¿vienes?” Le respondí que no, pero le reviré “llévatela”. Mi amiga se dejó raptar pero volvió a los pocos minutos, medio espantada, medio caliente.

  • Te pasas, me dijo. Mejor vámonos tú y yo al hotel.

Le iba yo a tomar la palabra, cuando se escuchó una patrulla y el hormiguero se dispersó en un trís trás. Como por túneles invisibles desapareció tanta raza. Putos, putas, garufas y chimecos. Total que la policía nomás llegó a hacer aspavientos y a querer fregarse incautos. Pero aquella orgía era de profesionales y al no encontrar mordida, se fueron. Cinco, diez minutos después se comenzaron asomar algunos desesperados. En eso (como en cuento de hadas, eh), frente a nosotros, en un banca, una travesti, igualita a Meche Carreño, se sentó y nos ofreció una fumada de crico. Mi amiga sí quiso. Luego luego se prendió la condenada. ¿Ya les dije que era bonita? Abrió las piernas, dejó ver su insuficiente tanga y los labios salientes. Empezó a besar a Meche Carreño y a acariciarle la entrepierna. Meche se levantó y arremangó su mini para dejar de fuera una verga chiquita. Mi amiga me dio un celular.

  • Grábame, ordenó.

Y acercó la chiquiverga a su boca, con la ansiedad acumulada de tantas noches en las mismas plazas y frente a las mismas satanasas. Entonces un chacalillo de la Boca 5, que miraba el asunto a la distancia, se incorporó y le mostró el miembro a mi amiga que sin soltar el del tripié, tomó lo que le ofrecían. Quiso completar el cuarteto un señor de corbata. Mi amiga primero se negó y dijo que le daba pena que la vieran. El travesti la tomó de la mano y se metieron los cuatro a una jardinera, junto de un árbol que de alguna manera los cubría (¿de qué, de quién?). El travestí eyaculó primero y enseguida se agachó frente a mi amiga para besarla y luego le ayudó con el paquete. Ambas terminaron con el rostro brillando con ese blanco cloro de esperma. El chavito y el señor se incorporaron a otro grupo. La travesti le pidió dinero a mi amiga quesque por el cristal y las mamadas, y yo intervine dándole 200 pesos. Pinche mirón, me dijo la Meche Carreño, y desapareció. Mi amiga salió limpiándose la comisura de los labios con un cacho de charmín, y refunfuñando:

  • Putamadre, me embarré uno de mis tacones con caca de vagabundo…

Juan de Dios Maya Ávila


Juan de Dios Maya Ávila

Juan de Dios Maya Avila (Tepotzotlán, 1980). Egresado de la Universidad Autónoma Metropolitana. Miembro del consejo editorial de la revista El Burak también formó parte de la redacción del suplemento de libros Hoja por Hoja. Becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en los periodos 2006-08. Ganó el Concurso Internacional de Cuento, Mito y Leyenda Andrés Henestrosa 2012 con la obra La venganza de los aztecas (mitos y profecías) misma que publicó la Secretaría de Cultura de Oaxaca y que en 2018 fuera traducida parcialmente por la Texas A&M International University. Becario del Fondo para la Cultura y las Artes en el periodo 2015-2016. En 2018 la editorial Resistencia le publicó el libro de cuentos eróticos Soboma y Gonorra. Becario del Pecda Estado de México en 2019 y beneficiario en este mismo año del programa Pacmyc por la creación en 2013 del Concurso Estatal de Cuento y Poesía para Niños y Jóvenes San Miguel Cañadas Tepotzotlán. Se publicó, gracias a este apoyo, la antología Érase un dios jorobado (Ediciones Periféricas, 2019). A finales del 2019 ganó el Concurso Latinoamericano de Cuento Edmundo Valadés con el cuento “Díptico disléxico”. En 2020 publica el libro de crónicas El Jorobado de Tepotzotlán (Literatelia, 2020). Actualmente es titular dela sección Canaimera en la revista hispanoamericana El Camaleón. ​